Caía de nuevo la noche, todas las farolas iluminaban con su luz tenue las calles de aquel barrio perdido en Nueva York, la selva del día se convertía en todo un remanso de paz y Cirilo cargaba su saxofón entre la espesa oscuridad desde su refugio hasta la Taberna del Cocodrilo. Y es que Cirilo era un pequeño caimán triste hasta que descubrió la música. Todos los privilegiados que conocían la Taberna del Cocodrilo acudían cada noche sólo para escuchar su saxofón. Un buen día, Adriana escuchó hablar de la maravillosa música de Cirilo, no podía resistirse, sabía que tenía que escucharlo ella misma y recorrió medio mundo en su busca. Caminó por casi todos los países del mundo y las aventuras que por el camino vivió están escritas en miles de historias que pocos conocen. Lo que todo el mundo sabe es que desde entonces el piano de Adriana acompaña al saxo de Cirilo cada noche en la Taberna del Cocodrilo iluminando ese oscuro barrio con su jazz.
C.N.T.
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