Esta es la historia de un hombre marcado por su
pasado y de su fiel compañero, un viejo caballo, ambos retirados del mundo de
la tauromaquia.
Vivían en una cabaña bosque adentro alejados de lo
que años atrás fuera su forma de vida. Gentío, sol y sombra, aplausos unas
veces y otras silbidos. Invadidos por la nostalgia no se daban cuenta que el
tiempo es cruel y no avisa de su fugaz estancia. Día tras día, hora tras hora,
hombre y jumento revivían aquellas tardes de gloria, cuando el toro embestía
con extrema bravura y se empotraba literalmente con la panza de Cirilo, nombre
que le puso cariñosamente su “dueño”, ahora su amigo.
Cierto día después de un buen almuerzo a base de la
mejor avena y de unos litros de un sabroso zumo de cebada, tuvieron un
pensamiento a la par que les cambiaría por completo su monótona y frágil
existencia.
¿Qué estamos haciendo? ¿Quiénes somos? Si ya no
salimos a las plazas, ¿por qué seguimos todavía en ellas? Pensativos y con cara
de circunstancia los dos amigos se miraban y no podían dar crédito, en plena
jubilación y sin moverse del sitio, seguían trabajando y arriesgando la vida a
diario sin percatarse del manantial de agua cristalina que fluía cantarín a tan
sólo unos metros, ni de las magníficas puestas de sol que daban paso
a la vida nocturna. Porque de noche también se vive. ¡Yiiiiijaaaaa! Agárrate el
saco de avena y el tonel de zumo de cebada que la noche es joven y sólo se vive
una vez.
J.N.C.
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